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21/03/10

Día internacional de la poesía


LOS TAÑIDOS DEL SILENCIO
Al principio hay una mirilla para ver a los vivos.
Entra a hurtadillas en el patio de los lunáticos, los condenados a cadena
perpetua, los violentos y los desquiciados, los tullidos, los tuberculosos, las víctimas del
sadismo del poder a buen resguardo de las preguntas. Un pequeño agujero cuadrado
abierto en la puerta, lo suficiente para que pase el puño de un carcelero y maneje el
cerrojo desde ambos lados. También para que yo –con indiferencia, con grandísima
indiferencia– le eche una mirada furtiva a las contadas y fugaces apariciones de una
mano, un rostro, un gesto o, más a menudo, una visión borrosa en caqui, la espalda
cuadrada del guardia plantada al otro lado.
Hasta que, un día, el ruido de un martilleo. La mañana entera, un asalto de
golpes multiplicados y amplificados por los excepcionales poderes de reverberación de
mi cripta. (Cuando atruena, mi cráneo es el yunque de los dioses). Al mediodía esa
brecha está sellada. Ahora sólo el cielo aparece abierto, un cielo del tamaño de una
servilleta sujeta con largos clavos y botellas rotas, mas un cielo. Los buitres se posan en
un tejado visible sólo desde otro patio. Y los cuervos. Las garcetas sobrevuelan mi
cripta y los murciélagos pululan cual enjambre a la caída de la tarde. Murciélagos
albinos, de un pálido enfermizo, que emiten señales de radio para merodear por la
cámara de los ecos. Mas, de pronto, el mundo está muerto. Después de que cesen, los
martillos persisten en su vehemencia por una eternidad. Incluso el cielo se retira,
muerto.
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¿Enterrado vivo? No. Sólo algo sobre lo que la gente lee. Las boyas y los
mojones se difuminan. Lenta, inexorablemente, la realidad se disuelve y la certidumbre
traiciona a la conciencia.
Días, semanas, meses y, tan súbitamente como la primera muerte, un sonido
nuevo, un cortejo. Unos pies que se acercan arrastrándose con un ruido metálico de
cadenas. Y en este momento otra brecha que durante largo tiempo ha permanecido
desapercibida, invisible, un desagüe abierto en la base del muro, este vacío lenta,
toscamente, comienza a enmarcar unos pies engrillados. Nada antes había pasado tan
cerca, tan pesadamente, por el desagüe del Muro de las Lamentaciones. (Así lo bauticé
porque da al patio desde el que una voz estuvo gritando de dolor una noche entera y al
alba se extinguió, sin haber recibido ninguna atención. Es el patio del que surgen
cánticos y oraciones con una persistencia que sólo iguala la vigilia de los cuervos y los
buitres.) Y ahora, pies. Descalzos, a excepción de dos pares de botas con un caminar de
peso muerto, para así ajustarse al ritmo de los grillos de los otros pies. Hacia el
mediodía el mismo cortejo pasa en dirección contraria. Unos días después el cortejo
vuelve a pasar y entonces los cuento. Once. El tercer día de este cortejo despierta con la
aurora más dilatada que jamás haya nacido y muerto de silencio, un silencio ahíto y
sobrecogedor. Mi recuento se detiene bruscamente después del sexto. Ya no hay más.
En ese mismo instante el ritual queda al descubierto, el silencio, la encubierta
conspiración del alba, los secretos amortiguados martillean con mayor fuerza que los
grilletes en mi cabeza, todo, todo se descubre en un segundo de comprensión
paralizante. Cinco hombres caminan en la otra dirección, cinco hombres que caminan
aun más despacio, cansinos, con el peso del mundo en los pies, en cada paso, hacia la
eternidad. Les oigo detenerse con cada retazo de vida que se encuentran, con cada latido
del silencio, con cada mota en el sol, esos cinco para los que el mundo está a punto de
morir.
Sonidos. Los sonidos adquieren una cuarta dimensión dentro de una cripta
viviente. Una definición que, como en el caso del trueno, se hace físicamente
insoportable, y en el caso de lo que se espera pero no se oye, psíquicamente extenuante.
Las señales de los murciélagos albinos llagan la barbulla de un oficio de vísperas, ya sea
cristiano o musulmán, pagano o inclasificable. Mi cripta convierten en un caldero, una
campana boca arriba preñada con todos los credos y cuyas sonoridades se unen, se
remueven, se espuman, se cuelan en la urdimbre y en la trama del moho tiznado de los
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muros, de hongos de terciopelo verde tejidos por los dedos astutos de la lluvia. Desde
más allá del Muro de las Lamentaciones la piedad malsana de las mujeres, esa paciencia
inhumana con la que nacen, vaga sin rumbo para sacarle la agonía a latigazos al Muro
del Purgatorio. Un batir de alas: un cerrojo blanco y ocre, una paloma torcaz que baja en
picado y cruza, una lanzadera inquieta enhebrando remiendos de sol en este telar, el más
oscuro. Pasado el muro, por encima de él, un crujido de hojas de árbol: ¡el rostro de un
niño! Un cazador cándido se deja ver en su inocencia: un laberinto malvado.
Reconoceré su voz cuando los cantos de los niños invadan el caldero de sonidos al
atardecer, esta intrusión cadenciosa en la casa de la muerte.
Sale el sol a su espalda. Se disuelve su cabeza en la charca, una lanzadera que se
hunde en un telar teñido de un rojo encendido.

Oh Raices


Raíces, sed un ancla para mi quilla
estibadme contra los vientos rebeldes
sondead tierras y hondas aguas nutrientes
energía que calme mi sed eterna
cegados los arroyos, cieno a vosotras
os ahoga, maldiciones os estancan
y viajeros con mapas junto a las charcas
buscan alivio. Sus tazas en las aguas
elevan burbujas de corrupción, fangos
de maldad, tumbas sin lágrimas ni endechas
Raíces, alejaos de los riachuelos
que se filtran y manchan, que yo esos crímenes
no comparta, comunión infecta tierra
en cenizas de un mismo hogar esparcidas
¡Raíces!: lejos de la traición oscura
de fosas que aceptan, de estacas con gueldo
no seáis la imagen del nido de víboras
cual cebo, de horribles prodigios airados
no, el vigor altivo horada el más hondo
secreto, asoma junto al temor culpable
la garra usurera, las babas que asolan
canillas temblosas y decepcionadas.
Oh, raíces, sed el ancla de mi quilla
suturadme el pensar con tensos carretes
buscad en la tierra agua fresca y nutriente
cavad con vara aguda pozos eternos
baldead horas rancias hacia el desagüe
sin fin de la muerte. El aliento cautivo
de arroyos y lagos despertad, sus aguas
llevad a la simiente, a las lindes de eras
Raíces, sed la malla que mi diseño
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conforma, fieles a vuestra orden secreta.
¡firme edificio elevado con que sanan
desgarros y llantos desnudos, emblema
en diosos bajeles, probado ariete
granito en testa oh demoledor de diques
mortero en térreo hormigón, campaneros
en torres rocosas, dadme las Guirnaldas
del Tiempo, a vuestra eternidad someted
los podios que elevo contra la locura
contra el sombrío instante del engaño
contra los truenos del meridión!
Explorador hacia el averno, conduce
mis pasos al corazón, a la semilla
arrástrame a los crisoles de la alquímica
terrestre, donde nacen metal y roca
a las vibraciones de tu diapasón.
Cógeme las manos, que se unan en charlas,
recuerdos, vistas que cieguen al viajero
que mareas de vino al festín arrastran,
que mis manos se entrelacen a las suyas
savia clara, carne oscura, espectral cabello,
grilletes cual hojas y ramas, la vena
de rama y roca, ojos en matriz del grano
con un filtro de impulsos teje sus huesos
que los peines de mis tuétanos en roca
reciban raíces de rayos celestes
y almacenen la luz de su ojo difunto
entierra todo pulso letal, que en el cáliz
de mis manos vibre ardiente armonía, y cena
en las bodas de cielo y tierra. Mis manos
engarza a un rito vernal, a las verdes de los muertos.
Oh, raíces, raíces. ¡Si no aguantara!
¡Si el viento lo hundiese y ahogaran arenas
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del páramo, si lo abrasara un destello
de la hambrienta espera, los lazos soltad
sobre los diques, defensa final! Guían
la proa los arrastres de la resaca
un baño gris en lagos silentes, esa
paz de viajeros de antaño, este paso mudable.
Puros, esperan a que el rastreador llegue
al centro reseco, al resbalón subiendo
a que el corazón se rinda a extrañas fuentes
que a lo lejos juran saciar la sed perpetua.

Lanzadera en una cripta


En 1967, al comienzo de la guerra civil nigeriana, a Wole Soyinka se le acusó injustamente de ayudar a la facción rebelde de Biafra en la compra de aviones de combate, tras lo cual fue arrestado y, sin juicio previo ni sentencia formal, encarcelado durante veintisiete meses, veintidós de ellos incomunicado. A lo largo del cautiverio, y a espaldas de sus guardianes, Soyinka escribió en paquetes de cigarrillos, papel higiénico e incluso entre las líneas de algunos libros que pudo conseguir en secreto. Parte de ese material se convertiría más tarde en sus memorias The Man Died, mientras que otra parte tomaría la forma de Poems from Prison para, después, expandirse hasta el actual Lanzadera en una cripta. Son multitud las ocasiones en que el Premio Nobel ha manifestado que entonces logró mantener su cordura y, a la postre, sobrevivir como ser humano gracias a la escritura, con el espíritu intacto frente a la voluntad destructora de sus captores. Se trata éste, pues, de un intenso poemario –el primero de Soyinka que se publica en español- que se incluye entre la literatura escrita por intelectuales que resultan incómodos a algún régimen y son represaliados y perseguidos. Un género que durante los últimos decenios ha llegado a convertirse en demasiado habitual, aunque no por ello menos abominable.

Wole Soyinka


Wole Soyinka, (Nigeria, 1935), Premio Nobel de 1986 y el primer africano y hombre negro en ser reconocido con el galardón, es más célebre como autor teatral, sin embargo su producción poética es significativa. Abarca: Idanre and Other Poems (1967), Poems from Prison (1969), A Shuttle in the Crypt (1972), Poems of Black Africa (1975), Ogun Abibiman (1976), Mandela’s Earth and Other Poems (1988). Para él, el teatro es su medio expresivo por excelencia, pero hay ciertas experiencias cuyo impacto conducen a la poesía como un modo lógico de expresión. Por esto, su discurso poético no se separa totalmente del teatral. Sus imágenes se sustentan en la mitología yoruba y en la griega, pero no se limita a este aspecto. Intimismo, protesta, lenguaje directo no exento de lirismo, para conformar una obra que desde el poema relata una vida y, al mismo tiempo, se enlaza con lo arquetipal. La mitología ha sido no sólo territorio para la elaboración artística de Soyinka, sino también ha sido terreno de reflexión. La presencia de Ogun, dios u orisha de la guerra, en su obra posee un carácter trascendental por su fuerte simbolismo. Otros dos aspectos esenciales conformadores de su visión son la experiencia de la prisión (”Fragmentos/no podemos tener, demorarnos”) y la exigencia de la memoria (”Recuerda esto. Y recuerda España-Guernica/Recuerda los sueños que partirán agrios,… “).(Tomado de un ensayo de María Antonieta Flores)

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Día internacional de la poesía


Conversación telefónica

El precio parecía razonable, la ubicación
indiferente. La patrona juró que vivía
fuera de casa. No quedaba
sino la autoconfesión. "Señora", le advertí,
"Detesto los viajes inútiles; soy africano".
Silencio. Transmisión silenciada
de urbanidad en apuros. La voz cuando llegó,
cubierta de lápiz labial, larga boquilla
bañada en oro me derrotó. Estaba vilmente atrapado.
"¿Cómo de oscuro?"... Había oído bien...
"Es usted claro
o muy oscuro" Botón B. Botón A. Hedor
de aliento rancio de teléfono público.
Cabina roja. Buzón rojo. Ómnibus de dos pisos
rojo que aplasta el alquitrán.
¡Era cierto! Avergonzado
por mi descortés silencio, la rendición
me empujó confundido a pedir que simplificara.
Fue considerada, variando en énfasis:
"Es usted oscuro o muy claro" La revelación sobrevino.
"Quiere usted decir chocolate puro o con leche?"
Su asentimiento fue clínico, demoledor en su leve
impersonalidad. Rápidamente, sintonizada onda,
elegí "Sepia de África Occidental", y como reflexión tardía,
"Consta en mi pasaporte". Silencio para un espectroscópico
vuelo de la imaginación, hasta que la verdad hizo resonar su
acento
con dureza en el teléfono. "¿Qué es esto?" concediendo
"No sé lo que es eso". "Trigueño".
"Oscuro entonces, ¿no es así?" "No exactamente.
Soy de rostro trigueño, señora, pero debería usted ver
lo demás. La palma de mi mano y las plantas de mis pies
son de un rubio oxigenado. La fricción -tontamente
causada, señora, de tanto estar sentado- ha vuelto
mi trasero negro cuervo. ¡Un momento, señora!"
Al percibir su receptor alzándose sobre el trueno
en mis oídos, "Señora", supliqué, "¿no sería mejor
que usted me viera?"

Festival de poesía de Medellín
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