22/07/09

MUJERES DESNUDAS BAJO IMPERMEABLES MOJADOS



Por primera vez Irina no acudió a nuestra cita de los miércoles en la habitación treinta y cinco del hotel Basilea.
Inexplicablemente, no me avisó ni respondió luego a mis llamadas. No acertaba a comprender por qué ella —siempre tan puntual, tan cuidadosa, casi protocolaria—había escamoteado ese encuentro. Durante días me
detuve a considerar la posibilidad de una enfermedad, de un accidente, de una trampa, de una absurda venganza a la que no hallaba sentido, tal vez significaba un preámbulo de renuncia y separación. Este hecho imprevisible, doloroso, me angustió hasta el punto de sentirme vacío, expulsado de mi propia vida —la genuina, la que se fraguaba con ladulzura de lo ilícito, con el palpitante ritual de nuestras infidelidades— y arrojado de nuevo al insidioso adocenamientode mi vida cotidiana. Creía inarrebatables nuestra absoluta intimidad, nuestro lenguaje confi dencial espolvoreando los oídos, el corazón, los teléfonos, los muebles, las esquinas, nuestro deseo itinerante que se saciaba etapa a etapa desde hacía meses, nuestra ternura y gestos aprendidos que sabíamos hijos del puro instinto y la vorágine, nuestros cuatro días al mes de lluvia tibia, de sacudidasde placer desbordante. Recé a dioses estrambóticos paraque la devolvieran a mi lado. Sentía una furiosa nostalgia de su limpia melena color terracota, de sus labios un pocobelfos pero jugosos, de las grandes ciruelas escarchadas de sus pezones, de su andar pausado, de la elegancia de sus gestos amalgamada con la de su ropa.

2 comentarios:

  1. Es el miércoles siguiente y espero a Irina en el anonimato
    de la habitación treinta y cinco. Durante un tiempo
    que presumo muy largo, con pasos circulares y un ramo de
    zinnias en la mano, no abordo razones ni tomo determinación
    alguna, sólo espero. Cuando Irina llama a la puerta
    —habrá olvidado la llave— la hago pasar, absolviéndola
    tácitamente, y beso su boca entreabierta y la abrazo y me
    refugio en su cuerpo como un ciervo herido que buscara
    menta para restañar sus desgarraduras. En la cama revuelta,
    bajo la estampa de los mamelucos abriendo fuego con sus
    espingardas, desbocado sobre Irina, creo percibir nuevamente
    a sus recovecos abriéndose como nenúfares en un
    lago de piel.

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  2. Pero hoy Irina parece envuelta en un velo de distancia
    que no sé a qué atribuir. A un tiempo ávida y abstraída,
    reducida al mutismo, de ademanes mecánicos y desabridos
    y ojos dolientes. Con cada empellón, con cada espoleo,
    siento como si nos bañásemos en un oscuro río, braceando
    más y más profundo. No gime, no borbotea murmullos
    de amor, apenas se oye su respiración. Y su desnudez,
    que de ordinario tiene algo de nutria húmeda y lustrosa,
    ofrece el aspecto de los cañaverales marchitos y la luna de
    invierno. Una sensación extraña va ascendiendo desde el
    fondo de mi mente entre ecos y golpeteos que resuenan en
    mis sentidos, persuadiéndolos, intoxicándolos lentamente
    de estupor y miedo. En la trabazón de nuestros cuerpos, la
    presencia de Irina, su tacto, resultan irreales como nuestra
    propia voz cuando nos llega a través de los huesos del
    cráneo o por mediación de una máquina. Ella, de alguna
    manera transubstanciada, no intenta en ningún momento
    esconder la afl icción que asoma a sus ojos mora pálido,
    esa especie de cicatriz de cualquier modo inocultable, ese
    augurio irreversible, ese vislumbre aterrador. Me demoro
    besando su cabello extendido, que esta tarde no es sino
    una diadema de élitros de escarabajo, y cuando acaricio
    sus mejillas —sin atreverme a desviar la mirada— obtengo
    repentinamente evidencia de la rara y viscosa frialdad de
    su piel, de su cualidad cerúlea, cadavérica.

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